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Antes, al verme reflejada en los cristales de los ventanales mientras caminaba hacia la entrada, la recordé con inmensa gratitud y cariño. De mejillas sonrosadas y abundante cabellera rubia la tía-abuela Angelina fue una de las mujeres más hermosas de mi familia, hermosura que conservó hasta los últimos días de su vida.

Increíblemente el paso del tiempo no había hecho mella en el vestido que se mantuvo tan hermoso y vaporoso como el primer día. Lo guardó con tanto recelo y extremo cuidado, que casi nadie lo había visto en años, solo algunos miembros de la familia a quien ella misma había escogido para mostrárselo, y al verme reflejada en los ventanales imaginé por unos instantes como se vería ella vestida con su traje.

El viento movió las ramas de los árboles y diminutas flores cayeron dándole color a mi vestido blanco. Él cogió mi mano disfrutando del momento conmigo y yo le di las gracias a mi tía- abuela Angelina por su traje y por su regalo, una vez mas jugó mi juego como solía hacerlo cuando yo era pequeña. Segura estaba que era ella la que me había enviado como regalo, esas florecillas que cayeron de los árboles, el día de mi boda.
09 de Mayo de 2016
Por María de la Luz
De pequeña solía jugar un juego que me encantaba. El juego consistía en hacer una fiesta para que mis invitados me trajesen regalos. Lo mejor del juego era imaginar la cantidad de hermosos regalos recibidos.

Justo al cruzar la puerta una inesperada brisa nos sobrecogió de golpe. Mi hermoso velo de chantilly se elevó alto y mi fina falda se movió al compás del refrescante viento. Como si esperase tal acontecimiento abrí los brazos para deleitarme y disfrutar el momento que acogí como un regalo.